miércoles, 8 de abril de 2009

Vómito



Cuando ocupé mi lugar en clase del Profesor Iscovitz, experimentaba una serie de sensaciones nuevas que, para variar, en lugar de hacerme sentir bien o feliz, me causaban un gran malestar.

Recuerdo que el profesor cerró la puerta y empezó a rascarse los huevos, según él muy discretamente, con la entrepierna. Abrimos el libro de texto y... leímos. Siempre era lo mismo en esa clase. Me aburría. ¿De verdad pensaba el hombrecillo de pelo canoso y lentes cuadrados que aprendíamos algo leyendo el libro de texto? Pues no.

Se creía muy listo él, porque si veía a alguien distraído le pedía que continuara la lectura. Sin embargo, ya todos en clase habíamos aprendido, si no algo de Geografía, algo de astucia; seguíamos la lectura, el renglón, pero no poníamos atención.

Además de esto, todos los exámenes eran "de libro abierto", así que el señor se sentaba sobre el escritorio, a veces caminaba de un lado a otro del salón, nunca entre las cuatro o cinco hileras de pupitres, y disque checaba que nadie hiciera trampa o sacara acordeón. Como si hubiera sido necesario, con el librote ahí delante de ti, con todas esas páginas llenas de información que no recuerdo y que aquel día me importaba un pito.

No había examen ese día, pero había lectura. Por fortuna logré engañarlo. Parecía que prestaba atención, pero no. Estaba demasiado ocupada "sintiendo" cómo mi corazón latía más fuerte que nunca, y un ligero mareo, que luego se convirtió en un terremoto mental. Detrás de mí se sentaba Carolina; no sé cómo se dio cuenta que algo andaba mal. "¿Te sientes bien?", preguntó frunciendo su joven seño. "No, creo que voy a vomitar." Y sus párpados eran como ventanas que se abrían, dejando entrar asombro, y miedo.

Inmediatamente me tomó del brazo y me ayudó a salir. Quién sabe qué pasaba... el profesor Iscovitz nunca objetó. En cuanto se abrió la puerta y aspiré aire, resonó la primera arcada de toda mi vida; ésa, por ser la primera, no la olvido.

Vomité. Creo que había algo de color rojo, y algo magenta. Luego en el baño nos enteramos que otra niña había vomitado, y empezó a correr la voz de que varios niños se sentían mal... que probablmente habían llegado a la escuela drogados, y claro, para mi suerte, "la mota era de Alex".

Pues sí. Yo fui "allá enfrente" con el guato que Dylan me había comprado y compartí con todos, con mis ex amigas y una decena de desconocidos, el contenido de la bolsita de plástico que, según decían, tenía mota mezclada con polvo de ángel.

Me quería morir. Mi primera vez, y no sólo había fumado mota, sino también polvo de ángel, una droga que ni siquiera conocía; jamás había escuchado hablar de ella. Y claro, como siempre es necesario encontrar al culpable, todos los dedos índices señalaban a una sola persona: a mí.

En el baño le decía a Carolina que (para variar) tenía miedo. Que no había sido mi intención. Que ni era mía, o más bien sí, pero que yo no la había comprado; me la habían comprado, y era para mí, pero yo no sabía que a todos nos haría tanto daño.

Gracias a dios, nadie fue a buscarme a la siguiente clase ni me vocearon para que fuera a la dirección. No recuerdo dónde quedó la bolsita, ni sé cuánta gente vomitó aquel día, sólo sé que me sentí mal, muy mal, y entre arcadas, miedo y una pálida que no olvidaré nunca, le dije a Carol con todas mis fuerzas: "No vuelvo a fumar marihuana".

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