Según yo no he estado tan mal. Según yo hay gente mucho peor; claro, dependiendo de con quién me compare.
Tengo varios amigos que también llevan unas semanas sin fumar; uno lleva un mes y una semana; otros casi un mes; otros no tienen la más mínima intención de parar.
Yo no sé por qué paro. Creí que sería un pausa, pero quizá sea tiempo de cambiar mi vida aunque sea un poquito. Quizá sería prudente dejar de llegar cada noche a este departamento y dirigirme al cuarto de tele, a ese sillón negro que algún doctor decidió tirar a la basura.
Vale la pena contar la historia de este sillón. Es negro, de piel, y tiene una gran cortada del lado derecho, en el asiento, muy cerca del respaldo para el brazo. Pertenecía al consultorio del segundo piso, y un día, saliendo del ascensor, vi que estaba ahí, junto a los botes de basura, listo para ser desechado. Yo no tenía sillón, así que pregunté al portero si no lo quería; él me dijo que no, que podía ayudarme a subirlo a mi departamento si quería. Ese portero, al que le di 50 pesos por haber cargado el sillón por la escelaras hasta el quinto piso, fue quien, el 24 de diciembre, robó a varios autos del edificio; venía yo con mis regalos navideños, con una ilusa sonrisa en la cara, cuando descubrí que el tablero del auto estaba desmontado, mi estéreo desaparecido, mi puerta -la del conductor-, abierta.
Ese portero no sabe mentir. Nadie le creyó. Y pocos meses después me fui de ese edificio que temblaba cada vez que pasaba un trailer; cuya tubería era tan vieja que a pesar de todo, siempre hedían las coladeras de los baños; que olía a viejo, a vieja, a ancianos.
Hoy mi departamento se encuentra en el tercer piso y este edificio, aunque moderno, no cuenta con ascensor. Traje este sillón porque, de no estar, no tendría sobre qué ver la tele, pero ya basta; es el sillón más incómodo del mundo.
Sí, a la par que dejo esto, este vicio, esta habitud, debería deshacerme de este pinche sillón que seguro trae la vibra de miles de enfermos que visitaban al doctor, ya sea una, dos, tres o cuatro veces al mes, o al año, y depositaban sus traseros sobre donde yo estoy sentada en este instante; con sus penas, sus miedos, sus enfermedades. Y yo lo vengo a traer aquí, a un lugar nuevo, a mi vida nueva.
Me voy a deshacer muy pronto de este sillón. Ya no lo quiero más, así como ya no quiero llegar, todas las noches, a echarme aquí y perder las horas viendo caricaturas que me hacen reír o películas que me hacen pensar.
Incómodo sillón. Incómodo hábito. Incómoda vida. Habrá que tirarlos.
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