miércoles, 8 de abril de 2009

Por qué

Hace exactamente 23 días dejé de fumar marihuana. Hoy estoy enferma, no respiro bien, tengo fiebre y me pregunto si todo esto será consecuencia de la vida que he llevado.

Según yo no he estado tan mal. Según yo hay gente mucho peor; claro, dependiendo de con quién me compare.

Tengo varios amigos que también llevan unas semanas sin fumar; uno lleva un mes y una semana; otros casi un mes; otros no tienen la más mínima intención de parar.

Yo no sé por qué paro. Creí que sería un pausa, pero quizá sea tiempo de cambiar mi vida aunque sea un poquito. Quizá sería prudente dejar de llegar cada noche a este departamento y dirigirme al cuarto de tele, a ese sillón negro que algún doctor decidió tirar a la basura.


Vale la pena contar la historia de este sillón. Es negro, de piel, y tiene una gran cortada del lado derecho, en el asiento, muy cerca del respaldo para el brazo. Pertenecía al consultorio del segundo piso, y un día, saliendo del ascensor, vi que estaba ahí, junto a los botes de basura, listo para ser desechado. Yo no tenía sillón, así que pregunté al portero si no lo quería; él me dijo que no, que podía ayudarme a subirlo a mi departamento si quería. Ese portero, al que le di 50 pesos por haber cargado el sillón por la escelaras hasta el quinto piso, fue quien, el 24 de diciembre, robó a varios autos del edificio; venía yo con mis regalos navideños, con una ilusa sonrisa en la cara, cuando descubrí que el tablero del auto estaba desmontado, mi estéreo desaparecido, mi puerta -la del conductor-, abierta.

Ese portero no sabe mentir. Nadie le creyó. Y pocos meses después me fui de ese edificio que temblaba cada vez que pasaba un trailer; cuya tubería era tan vieja que a pesar de todo, siempre hedían las coladeras de los baños; que olía a viejo, a vieja, a ancianos.

Hoy mi departamento se encuentra en el tercer piso y este edificio, aunque moderno, no cuenta con ascensor. Traje este sillón porque, de no estar, no tendría sobre qué ver la tele, pero ya basta; es el sillón más incómodo del mundo.


Sí, a la par que dejo esto, este vicio, esta habitud, debería deshacerme de este pinche sillón que seguro trae la vibra de miles de enfermos que visitaban al doctor, ya sea una, dos, tres o cuatro veces al mes, o al año, y depositaban sus traseros sobre donde yo estoy sentada en este instante; con sus penas, sus miedos, sus enfermedades. Y yo lo vengo a traer aquí, a un lugar nuevo, a mi vida nueva.

Me voy a deshacer muy pronto de este sillón. Ya no lo quiero más, así como ya no quiero llegar, todas las noches, a echarme aquí y perder las horas viendo caricaturas que me hacen reír o películas que me hacen pensar.

Incómodo sillón. Incómodo hábito. Incómoda vida. Habrá que tirarlos.

Vómito



Cuando ocupé mi lugar en clase del Profesor Iscovitz, experimentaba una serie de sensaciones nuevas que, para variar, en lugar de hacerme sentir bien o feliz, me causaban un gran malestar.

Recuerdo que el profesor cerró la puerta y empezó a rascarse los huevos, según él muy discretamente, con la entrepierna. Abrimos el libro de texto y... leímos. Siempre era lo mismo en esa clase. Me aburría. ¿De verdad pensaba el hombrecillo de pelo canoso y lentes cuadrados que aprendíamos algo leyendo el libro de texto? Pues no.

Se creía muy listo él, porque si veía a alguien distraído le pedía que continuara la lectura. Sin embargo, ya todos en clase habíamos aprendido, si no algo de Geografía, algo de astucia; seguíamos la lectura, el renglón, pero no poníamos atención.

Además de esto, todos los exámenes eran "de libro abierto", así que el señor se sentaba sobre el escritorio, a veces caminaba de un lado a otro del salón, nunca entre las cuatro o cinco hileras de pupitres, y disque checaba que nadie hiciera trampa o sacara acordeón. Como si hubiera sido necesario, con el librote ahí delante de ti, con todas esas páginas llenas de información que no recuerdo y que aquel día me importaba un pito.

No había examen ese día, pero había lectura. Por fortuna logré engañarlo. Parecía que prestaba atención, pero no. Estaba demasiado ocupada "sintiendo" cómo mi corazón latía más fuerte que nunca, y un ligero mareo, que luego se convirtió en un terremoto mental. Detrás de mí se sentaba Carolina; no sé cómo se dio cuenta que algo andaba mal. "¿Te sientes bien?", preguntó frunciendo su joven seño. "No, creo que voy a vomitar." Y sus párpados eran como ventanas que se abrían, dejando entrar asombro, y miedo.

Inmediatamente me tomó del brazo y me ayudó a salir. Quién sabe qué pasaba... el profesor Iscovitz nunca objetó. En cuanto se abrió la puerta y aspiré aire, resonó la primera arcada de toda mi vida; ésa, por ser la primera, no la olvido.

Vomité. Creo que había algo de color rojo, y algo magenta. Luego en el baño nos enteramos que otra niña había vomitado, y empezó a correr la voz de que varios niños se sentían mal... que probablmente habían llegado a la escuela drogados, y claro, para mi suerte, "la mota era de Alex".

Pues sí. Yo fui "allá enfrente" con el guato que Dylan me había comprado y compartí con todos, con mis ex amigas y una decena de desconocidos, el contenido de la bolsita de plástico que, según decían, tenía mota mezclada con polvo de ángel.

Me quería morir. Mi primera vez, y no sólo había fumado mota, sino también polvo de ángel, una droga que ni siquiera conocía; jamás había escuchado hablar de ella. Y claro, como siempre es necesario encontrar al culpable, todos los dedos índices señalaban a una sola persona: a mí.

En el baño le decía a Carolina que (para variar) tenía miedo. Que no había sido mi intención. Que ni era mía, o más bien sí, pero que yo no la había comprado; me la habían comprado, y era para mí, pero yo no sabía que a todos nos haría tanto daño.

Gracias a dios, nadie fue a buscarme a la siguiente clase ni me vocearon para que fuera a la dirección. No recuerdo dónde quedó la bolsita, ni sé cuánta gente vomitó aquel día, sólo sé que me sentí mal, muy mal, y entre arcadas, miedo y una pálida que no olvidaré nunca, le dije a Carol con todas mis fuerzas: "No vuelvo a fumar marihuana".

13 años



A los 13 años fumé por primera vez marihuana. Me la habían ofrecido a los 11, pero desistí. ¿Por qué? Ya no me acuerdo.

Estaba con mis tres o cuatro mejores amigas de aquella época, éramos niñas que iban juntas en la escuela, que se reunían los fines de semana, que recogían del piso colillas de cigarro encendidas para inhalar las sobras de algún fumador. "¿Acaso levantaste eso?", preguntó asombrado un menor de edad como yo -pero no tan menor-, y corrió a burlarse de mí con todos sus amigos. Iban entrando al cine, me acuerdo. Yo iba, como siempre, con mis tres o cuatro mejores amigas de aquel entonces, que no he visto desde hace más de 10 años.

Estábamos todas en la escuela, esperando a que dieran las 8 (¿0 las 9?) para entrar a nuestra primera clase del día. Una compañera que siempre me intimidó llegó con nosotras y, como si fuera de lo más normal, nos dijo que cruzáramos la calle y fueramos a "fumar". Era yo muy ingenua y tonta, pero no tanto como para comprender que lo que nos esperaba no serían cigarros Marlboro, sino algún "cigarro de marihuana". Como casi siempre, sentí miedo. Pensé en mis padres, en mí; creí que era yo muy pequeña para estar fumando esas cosas, así que, como casi siempre, permanecí ahí, callada, esperando a que alguna de mis mejores amigas declinara la invitación.

Esto no sucedió, evidentemente. Mis amigas me advirtieron que si no iba "allá enfrente" con ellas, dejarían de hablarme, porque era yo una teta, una persona uncool, una nerd. Me dolió, si es que ese tipo de cosas en verdad duelen, pero con pies firmes me di la vuelta y caminé en dirección opuesta, rumbo a mi salón. De lejos alcancé a escuchar "¡no volveremos a hablarte, Alex!", y de esa mañana no recuerdo nada más.

A pesar de mis ilusas esperanzas, mis mejores amigas, como prometieron, hicieron el favor de retirarme el habla. Yo era nueva en esa escuela, y desadaptada. Como ya he dicho, desde chica, casi siempre he sentido miedo. Mucho. Quién sabe por qué. No recuerdo con quién platicaba entre clase y clase, ni cuánto tiempo pasó desde ese día. Quizá ésa fue la época en que creí estar enamorada de un niño de mi salón, uno que tenía el brazo roto cuando lo conocí. Suena coherente, porque sólo alguien sin amigos se obsesiona de la forma en que yo me obsesioné.

Primero empezamos siendo amigos, gracias a la maestra de Civismo cuyo nombre he olvidado. Una tarea en pareja fue la excusa perfecta para acercarme a él, a quien yo veía siempre, desde el otro lado del salón, por supuesto, sin decir nada a persona alguna. De ahí se dieron, probablemente por mi culpa, las cartitas y notitas en clase. No dudo que fui yo la que inició esa tierna correspondencia, que después terminó por causarle a él problemas conmigo. ¿Por qué? Porque los niñitos del salón lo fastidiaban, se reían de él, y es que a esa edad se supone que los varoncitos deben odiar, por sobre todas las cosas, a las mujeres. Gracias a ellos, mis días de tímidas cartitas cursis con él tuvieron que terminar.

Dediqué mucho tiempo, muchas horas de mi infancia, imaginando cómo sería cuando él y yo por fin, algún día, seríamos novios. Esto, claro está, nunca pasó, y en su momento y a esa edad, sufrí.
Una educada carta me explicaba los motivos por los cuales era mejor que no nos escribiéramos tanto, porque lo molestaban, "sé qué también te molestan a ti". Pero a mí no me importaba, yo era feliz de que "nuestra relación" se hiciera inminente. Pobrecilla, ja. Las cosas no serían como yo soñaba.

No recuerdo si crucé "allá enfrente" antes o después de que el niño de mis sueños empezara su noviazgo con Clarissa (pudiera ser Carissa; creo que es Carissa). Me enteré de esto una mañana común y corriente, mientras la campana sonaba. El niño de mis estúpidos sueños, le abría la puerta a su novia de cabello largo y chino, la de dientes de sarro y encías rojizas (gingivitis), la de ojos cafés y no verdes. En verdad creo que lloré. Según recuerdo, ver eso me lastimó tanto que lloré; huí al baño; siempre huyo, y acostumbro utilizar las justificaciones más absurdas.

Como dije, no recuerdo si crucé "allá enfrente" antes o después de este episodio, pero creo, intuyo, sospecho, que fue después. Sí, ahora, después de escarvar en mi mente, sé que fui después, justo después de eso. Crucé "allá enfrente" porque sabía que ahí encontraría algo que me ayudaría a escapar. Qué tontería. No, no, no: qué pinche patético. Pero así fue. Ésa ha de haber sido la gota que derramó el vaso que llevaba unos tres años llenándose, gotita a gotita, paso a paso, listo para desparramar su contenido donde fuera, donde cupiese.

Dylan fue quien me llevó "allá enfrente". Se sentaba junto a mí en una clase donde aprendíamos a pulir y cortar madera (es en serio), pero fue en la de Matemáticas cuando le di dinero para comprarme lo que fue mi primer guato. Un día lo vi dibujando una planta de marihuana en su cuaderno y al otro terminé pidiéndole que me consiguiera mota porque la quería "probar"; él ya la había probado, para él era normal fumar sábados y domingos con su papá.

Llegué con Dylan "allá enfrente" una mañana, como a eso de las 8 y 20, unos minutos antes de clase de Geografía; el Profesor Iscotivz (es en serio) acostumbraba recargarse en el escritorio y, discretamente, rascaba sus testículos con la entrepierna. No me sorprendió que a las primeras personas que vi "allá enfrente" fueran las que habían sido mis tres (¿o cuatro?) mejores amigas. Los ojos de una de ellas se abrieron tanto que sentí miedo, pero nada pasó. Sólo se acercó para decirme: "Sabía que estarías aquí algún día", mientras expresaba todo con el rictus.

Y así fumamos marihuana juntas, aproximádamente un año y un par de meses después del día que las perdí, cuando yo apenas tenía escasos 13 años.