miércoles, 8 de abril de 2009

13 años



A los 13 años fumé por primera vez marihuana. Me la habían ofrecido a los 11, pero desistí. ¿Por qué? Ya no me acuerdo.

Estaba con mis tres o cuatro mejores amigas de aquella época, éramos niñas que iban juntas en la escuela, que se reunían los fines de semana, que recogían del piso colillas de cigarro encendidas para inhalar las sobras de algún fumador. "¿Acaso levantaste eso?", preguntó asombrado un menor de edad como yo -pero no tan menor-, y corrió a burlarse de mí con todos sus amigos. Iban entrando al cine, me acuerdo. Yo iba, como siempre, con mis tres o cuatro mejores amigas de aquel entonces, que no he visto desde hace más de 10 años.

Estábamos todas en la escuela, esperando a que dieran las 8 (¿0 las 9?) para entrar a nuestra primera clase del día. Una compañera que siempre me intimidó llegó con nosotras y, como si fuera de lo más normal, nos dijo que cruzáramos la calle y fueramos a "fumar". Era yo muy ingenua y tonta, pero no tanto como para comprender que lo que nos esperaba no serían cigarros Marlboro, sino algún "cigarro de marihuana". Como casi siempre, sentí miedo. Pensé en mis padres, en mí; creí que era yo muy pequeña para estar fumando esas cosas, así que, como casi siempre, permanecí ahí, callada, esperando a que alguna de mis mejores amigas declinara la invitación.

Esto no sucedió, evidentemente. Mis amigas me advirtieron que si no iba "allá enfrente" con ellas, dejarían de hablarme, porque era yo una teta, una persona uncool, una nerd. Me dolió, si es que ese tipo de cosas en verdad duelen, pero con pies firmes me di la vuelta y caminé en dirección opuesta, rumbo a mi salón. De lejos alcancé a escuchar "¡no volveremos a hablarte, Alex!", y de esa mañana no recuerdo nada más.

A pesar de mis ilusas esperanzas, mis mejores amigas, como prometieron, hicieron el favor de retirarme el habla. Yo era nueva en esa escuela, y desadaptada. Como ya he dicho, desde chica, casi siempre he sentido miedo. Mucho. Quién sabe por qué. No recuerdo con quién platicaba entre clase y clase, ni cuánto tiempo pasó desde ese día. Quizá ésa fue la época en que creí estar enamorada de un niño de mi salón, uno que tenía el brazo roto cuando lo conocí. Suena coherente, porque sólo alguien sin amigos se obsesiona de la forma en que yo me obsesioné.

Primero empezamos siendo amigos, gracias a la maestra de Civismo cuyo nombre he olvidado. Una tarea en pareja fue la excusa perfecta para acercarme a él, a quien yo veía siempre, desde el otro lado del salón, por supuesto, sin decir nada a persona alguna. De ahí se dieron, probablemente por mi culpa, las cartitas y notitas en clase. No dudo que fui yo la que inició esa tierna correspondencia, que después terminó por causarle a él problemas conmigo. ¿Por qué? Porque los niñitos del salón lo fastidiaban, se reían de él, y es que a esa edad se supone que los varoncitos deben odiar, por sobre todas las cosas, a las mujeres. Gracias a ellos, mis días de tímidas cartitas cursis con él tuvieron que terminar.

Dediqué mucho tiempo, muchas horas de mi infancia, imaginando cómo sería cuando él y yo por fin, algún día, seríamos novios. Esto, claro está, nunca pasó, y en su momento y a esa edad, sufrí.
Una educada carta me explicaba los motivos por los cuales era mejor que no nos escribiéramos tanto, porque lo molestaban, "sé qué también te molestan a ti". Pero a mí no me importaba, yo era feliz de que "nuestra relación" se hiciera inminente. Pobrecilla, ja. Las cosas no serían como yo soñaba.

No recuerdo si crucé "allá enfrente" antes o después de que el niño de mis sueños empezara su noviazgo con Clarissa (pudiera ser Carissa; creo que es Carissa). Me enteré de esto una mañana común y corriente, mientras la campana sonaba. El niño de mis estúpidos sueños, le abría la puerta a su novia de cabello largo y chino, la de dientes de sarro y encías rojizas (gingivitis), la de ojos cafés y no verdes. En verdad creo que lloré. Según recuerdo, ver eso me lastimó tanto que lloré; huí al baño; siempre huyo, y acostumbro utilizar las justificaciones más absurdas.

Como dije, no recuerdo si crucé "allá enfrente" antes o después de este episodio, pero creo, intuyo, sospecho, que fue después. Sí, ahora, después de escarvar en mi mente, sé que fui después, justo después de eso. Crucé "allá enfrente" porque sabía que ahí encontraría algo que me ayudaría a escapar. Qué tontería. No, no, no: qué pinche patético. Pero así fue. Ésa ha de haber sido la gota que derramó el vaso que llevaba unos tres años llenándose, gotita a gotita, paso a paso, listo para desparramar su contenido donde fuera, donde cupiese.

Dylan fue quien me llevó "allá enfrente". Se sentaba junto a mí en una clase donde aprendíamos a pulir y cortar madera (es en serio), pero fue en la de Matemáticas cuando le di dinero para comprarme lo que fue mi primer guato. Un día lo vi dibujando una planta de marihuana en su cuaderno y al otro terminé pidiéndole que me consiguiera mota porque la quería "probar"; él ya la había probado, para él era normal fumar sábados y domingos con su papá.

Llegué con Dylan "allá enfrente" una mañana, como a eso de las 8 y 20, unos minutos antes de clase de Geografía; el Profesor Iscotivz (es en serio) acostumbraba recargarse en el escritorio y, discretamente, rascaba sus testículos con la entrepierna. No me sorprendió que a las primeras personas que vi "allá enfrente" fueran las que habían sido mis tres (¿o cuatro?) mejores amigas. Los ojos de una de ellas se abrieron tanto que sentí miedo, pero nada pasó. Sólo se acercó para decirme: "Sabía que estarías aquí algún día", mientras expresaba todo con el rictus.

Y así fumamos marihuana juntas, aproximádamente un año y un par de meses después del día que las perdí, cuando yo apenas tenía escasos 13 años.

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